Hay días en los que intento sostener demasiadas cosas al mismo tiempo.
Trabajo durante ocho horas.
Pienso en los proyectos que quiero construir.
Reviso lo que todavía falta.
Intento encontrar tiempo para estudiar, entrenar, servir, escribir y seguir avanzando hacia la vida que creo que Dios puso en mi corazón.
Desde fuera puede parecer disciplina.
Desde dentro, algunas veces se siente como peso.
No porque no ame lo que estoy construyendo.
Tampoco porque haya perdido la fe.
El problema es más silencioso.
Puedo creer que Dios está conmigo y, aun así, organizar mi vida como si todo dependiera exclusivamente de mí.
Puedo orar por dirección y pasar el resto del día intentando resolverlo todo con mis propias fuerzas.
Puedo decir que confío en Dios y seguir cargando mentalmente cada preocupación.
Puedo conocer la promesa de su presencia, pero vivir agotado como si estuviera solo.
Una verdad que aprendí hace tiempo
Hace un tiempo estudié en CFNI una asignatura sobre la persona del Espíritu Santo.
Recuerdo aquella primera clase porque comenzó con una verdad que parecía sencilla: el Espíritu Santo no es una fuerza. No es una energía espiritual. No es solamente una sensación que aparece durante una reunión.
Es una persona. Está con nosotros y habita en nosotros.
En aquel momento entendí la enseñanza. Tomé apuntes. Leí los pasajes. Estudié el contenido.
Pero hay verdades que primero entendemos con la mente y solo después comenzamos a comprender con la vida.
Ha sido en medio del trabajo, el cansancio, los proyectos, las responsabilidades y las decisiones cuando aquella enseñanza ha empezado a confrontarme de otra manera.
Porque puedo saber que el Espíritu Santo está conmigo y, aun así, organizar mis días como si todo dependiera de mí. Puedo creer en su dirección y tomar decisiones sin detenerme a escucharlo. Puedo hablar de su consuelo y seguir cargando preocupaciones que nunca le he entregado. Puedo conocer la doctrina correcta y continuar viviendo desde la autosuficiencia.
Al volver sobre aquella enseñanza entendí que el problema no era falta de conocimiento. El problema era que todavía había áreas de mi vida donde conocía la verdad, pero no estaba viviendo consciente de ella.
El hábito de hacerlo todo solo
Creo que muchos hemos aprendido a sobrevivir resolviendo.
Cuando aparece un problema, pensamos más. Cuando sentimos presión, trabajamos más. Cuando llega la incertidumbre, intentamos controlar cada detalle. Cuando no sabemos qué hacer, llenamos el silencio con actividad.
Eso puede ayudarnos a avanzar durante un tiempo. El problema comienza cuando convertimos la autosuficiencia en nuestra manera habitual de vivir.
No siempre rechazamos a Dios de forma consciente. Algunas veces simplemente dejamos de incluirlo.
Seguimos creyendo. Seguimos asistiendo a la iglesia. Seguimos leyendo la Biblia. Seguimos hablando de fe. Pero tomamos decisiones, afrontamos cargas y construimos el futuro dependiendo casi por completo de nuestra capacidad.
En mi caso, esto aparece cuando miro todo lo que quiero levantar y siento que debería avanzar más rápido.
Pienso en la marca personal. En los proyectos. En el trabajo. En el servicio. En los estudios. En las responsabilidades pendientes.
Entonces comienzo a calcularlo todo. Cuántas horas necesito. Cuánto dinero falta. Qué debería estar haciendo. Por qué todavía no he llegado.
Y sin darme cuenta, una visión que nació de la fe empieza a convertirse en una carga sostenida por ansiedad.
Antes del orden, Él ya estaba allí
En Génesis 1, antes de que el orden fuera visible, el Espíritu de Dios ya se movía sobre las aguas.
La tierra estaba desordenada y vacía. Las tinieblas cubrían el abismo. Pero Él estaba allí. El Espíritu de Dios se movía en medio de un escenario que todavía no tenía la forma que después tendría.
Eso me hizo pensar en las temporadas de nuestra vida que también parecen desordenadas.
Etapas en las que todavía no vemos el resultado definitivo de lo que estamos construyendo. Momentos en los que tenemos ideas, responsabilidades, deseos y promesas, pero todavía no existe claridad completa.
Normalmente interpretamos el desorden como abandono. Pensamos que, si todavía no vemos resultados, Dios no está obrando. Si no entendemos el proceso, creemos que hemos perdido la dirección. Si algo tarda más de lo esperado, comenzamos a preguntarnos si Dios sigue allí.
Pero la primera página de la Biblia presenta otra realidad: la presencia de Dios puede estar moviéndose incluso cuando nosotros todavía solo vemos caos.
Tal vez mi vida no está terminada. Tal vez mis proyectos todavía no tienen la forma que imagino. Tal vez sigo intentando entender hacia dónde me está llevando esta temporada.
Pero el desorden no significa que Dios se haya ausentado. Él puede estar presente mucho antes de que aparezca el resultado.
El soplo que da vida
En Génesis 2, Dios formó al hombre del polvo de la tierra. El cuerpo ya estaba formado, pero todavía no tenía vida. Fue cuando Dios sopló aliento sobre él que el hombre se convirtió en un ser viviente.
Mucho después, en Juan 20, Jesús resucitado se presentó ante sus discípulos. Sopló sobre ellos y les dijo que recibieran al Espíritu Santo.
En ambos momentos aparece una imagen parecida: Dios impartiendo vida.
Eso también confrontó mi manera de entender el cansancio.
Hay cansancios que se solucionan durmiendo. Hay agotamientos físicos que necesitan descanso, alimentación, orden y una agenda más saludable.
Pero existen otros cansancios que no desaparecen únicamente durmiendo unas horas más. Es el cansancio de intentar tener todas las respuestas. De sostener una imagen de fortaleza. De pensar constantemente en el futuro. De sentir que no puedes detenerte porque demasiadas cosas dependen de ti. De querer construir algo grande sin reconocer tus propios límites.
En esos momentos no necesito únicamente organizar mejor mi calendario. Necesito recordar de dónde proviene la vida que me sostiene.
El Espíritu Santo no viene solamente a ayudarme a producir más. No está conmigo para convertirme en una máquina más eficiente.
Viene a formar mi carácter. A corregirme. A consolarme. A guiarme. A recordarme que no estoy construyendo solo.
El Espíritu Santo también está en lo cotidiano
Durante aquella clase estudiamos diferentes personas del Antiguo Testamento sobre quienes vino el Espíritu de Dios para realizar una tarea concreta.
José recibió sabiduría para interpretar lo que estaba sucediendo y administrar en medio de una crisis. No recibió únicamente una revelación sobre el futuro. También recibió la capacidad para prepararse, organizar recursos y proteger a una nación durante los años de escasez.
Eso me recordó que la obra del Espíritu Santo no siempre aparece como algo espectacular.
Algunas veces se manifiesta como sabiduría para tomar una decisión antes de que llegue una dificultad. Como claridad para administrar lo que tenemos. Como dominio propio para no gastar, hablar o reaccionar impulsivamente. Como discernimiento para reconocer una oportunidad o evitar un error.
También aparece Bezalel. Un hombre lleno del Espíritu de Dios para diseñar, trabajar con materiales y participar en la construcción del tabernáculo.
Esto me parece profundamente significativo. El Espíritu Santo no solo estaba relacionado con profecías, milagros o grandes manifestaciones. También capacitaba para crear. Para diseñar. Para trabajar con excelencia. Para convertir una idea en algo visible.
Eso cambia la manera en que veo mis propios proyectos. La creatividad también puede ponerse al servicio de Dios.
Diseñar una web. Escribir una entrada. Construir una plataforma. Organizar una idea. Desarrollar una solución. Trabajar con excelencia. Todo eso también puede convertirse en una expresión de obediencia cuando nace de una vida dirigida por Él.
Después aparece Moisés. Un hombre llamado a sostener una responsabilidad que humanamente parecía demasiado grande. Guiar a una nación completa. Escuchar sus quejas. Tomar decisiones. Resolver conflictos. Seguir avanzando incluso cuando él mismo tenía dudas.
Dios también levantó a setenta líderes para compartir la carga.
Eso me confronta porque algunas veces confundimos responsabilidad con hacerlo todo solos. Pensamos que pedir ayuda es una señal de debilidad. Creemos que liderar significa cargar con cada problema. Nos cuesta delegar porque queremos controlar el resultado.
Pero incluso Moisés necesitó un equipo. Hay responsabilidades que no fueron diseñadas para ser sostenidas por una sola persona.
El Espíritu Santo también produce unidad. También nos enseña a confiar. También nos muestra cuándo necesitamos compartir una carga.
Cuando el don ocupa el lugar de la relación
La historia de Sansón presenta una advertencia diferente.
Durante mucho tiempo pensé que su fuerza estaba relacionada únicamente con su cabello. Pero el problema era más profundo.
Sansón comenzó a jugar con aquello que Dios le había confiado. Se acostumbró al don. Se acostumbró a la fuerza. Se acostumbró a salir victorioso. Hasta que llegó un momento en el que pensó que podría levantarse como las otras veces, sin darse cuenta de que el Espíritu de Dios se había apartado de él.
Lo más triste no es solamente que perdió su fuerza. Lo más triste es que no se había dado cuenta.
Esa historia me obliga a hacerme una pregunta incómoda: ¿es posible acostumbrarnos tanto a hacer cosas para Dios que terminemos descuidando nuestra relación con Él?
Podemos servir. Podemos liderar. Podemos estudiar. Podemos hablar de la Biblia. Podemos construir proyectos con propósito. Pero ninguna actividad espiritual puede reemplazar la obediencia.
El talento no sustituye el carácter. El conocimiento no sustituye la comunión. El don no sustituye la relación.
Sansón pensó que el secreto estaba en lo externo. Pero el verdadero problema estaba en una desobediencia que había dejado de tomar en serio.
La respuesta de David
David también falló. Cometió pecados graves. Intentó esconderlos. Tomó decisiones que destruyeron vidas.
Pero cuando fue confrontado, su respuesta fue diferente. No protegió su imagen. No intentó presentarse como alguien que no necesitaba cambiar. Se quebrantó delante de Dios.
En el Salmo 51 pidió un corazón limpio y un espíritu recto. También rogó que Dios no quitara de él su Santo Espíritu.
David comprendía que podía perder muchas cosas, pero no quería vivir lejos de la presencia de Dios.
Eso también habla de nuestra vida. Todos podemos equivocarnos. Todos podemos distraernos. Todos podemos comenzar a depender más de nuestras capacidades que de Dios. Todos podemos dejar que la actividad exterior oculte el estado real de nuestro interior.
La pregunta no es si alguna vez necesitaremos ser corregidos. La pregunta es qué haremos cuando el Espíritu Santo confronte nuestro corazón.
¿Nos justificaremos? ¿Seguiremos corriendo? ¿Intentaremos aparentar que todo está bien? ¿O tendremos la humildad de detenernos y permitir que Dios nos transforme?
No quiero conocerlo solamente desde la teoría
Estoy aprendiendo que caminar con el Espíritu Santo no significa vivir desconectado de la realidad. Significa invitarlo a ella.
A mi trabajo. A mis proyectos. A mis decisiones financieras. A la manera en que trato a las personas. A mi servicio en la iglesia. A mis conversaciones. A mi cansancio. A mi liderazgo. A las ambiciones que necesito ordenar. A las áreas de mi carácter que todavía necesitan transformación.
A veces podemos pensar en el Espíritu Santo únicamente dentro de una reunión. En una canción. En un momento de oración. En algo que ocurre dentro de una iglesia.
Pero su presencia no termina cuando salimos del edificio.
También está conmigo cuando comienza el lunes. Cuando suena la alarma. Cuando tengo que cumplir con mi trabajo. Cuando algo no sale como esperaba. Cuando una persona me incomoda. Cuando debo tomar una decisión difícil. Cuando el futuro no está claro. Cuando tengo que administrar mi dinero. Cuando siento que estoy avanzando demasiado lento. Cuando necesito tener una conversación honesta. Cuando estoy delante del ordenador intentando construir algo que todavía no sé si funcionará.
No quiero conocer al Espíritu Santo únicamente como una asignatura que estudié. No quiero saber explicar quién es y continuar viviendo con la misma autosuficiencia. No quiero acumular conocimiento bíblico sin permitir que ese conocimiento transforme mis decisiones.
Quiero aprender a reconocer su voz en la vida diaria. A detenerme antes de reaccionar. A pedir dirección antes de decidir. A obedecer cuando su guía confronte mis deseos. A descansar cuando me recuerde que no todo depende de mí.
Y, sobre todo, quiero vivir consciente de que la persona preciosa del Espíritu Santo no vino a visitarme durante un momento emocional.
Vino para permanecer.
Tal vez tú también estás viviendo como si estuvieras solo
Quizás tú también amas a Dios. Quizás crees en Él. Quizás oras. Quizás sirves.
Pero últimamente estás viviendo como si estuvieras solo.
Oras, pero cargas cada preocupación. Crees, pero necesitas controlar cada resultado. Sirves, pero estás agotado. Trabajas, pero nunca sientes que es suficiente. Avanzas, pero has perdido el gozo.
Te levantas cada mañana pensando en todo lo que debes resolver. Y te acuestas repasando mentalmente todo lo que todavía falta.
Tal vez no necesitas abandonar todo lo que estás haciendo. Tal vez necesitas dejar de hacerlo desde la autosuficiencia.
¿Y si no estás cansado únicamente por todo lo que haces? ¿Y si también estás cansado porque llevas demasiado tiempo intentando sostener una vida que nunca fue diseñada para depender solamente de tus fuerzas?
¿Y si el problema no es que Dios esté lejos? ¿Y si has estado tan ocupado resolviendo que ya no te detienes a reconocer que Él está contigo?
¿Y si la presencia que estás esperando ya está allí, pero necesitas volver a vivir consciente de ella?
El Espíritu Santo no quiere formar parte únicamente de tus domingos.
Quiere acompañarte el lunes cuando vuelves al trabajo. Cuando tienes que tomar una decisión que nadie más puede tomar. Cuando no sabes cómo ordenar tus pensamientos. Cuando una responsabilidad parece demasiado grande. Cuando el futuro todavía se ve desordenado. Cuando no sientes nada extraordinario, pero necesitas recordar que Él sigue allí.
Un ejercicio para esta semana
Busca un lugar donde puedas estar en silencio durante cinco o diez minutos.
No comiences presentando una lista de peticiones. No intentes decir palabras complicadas.
Primero, detente. Respira. Y reconoce que no estás solo.
Después escribe tres áreas de tu vida que estás intentando sostener únicamente con tus fuerzas. Puede ser:
- El trabajo.
- El dinero.
- Una relación.
- Una decisión.
- Una lucha interna.
- Tu futuro.
- Un proyecto.
- Una responsabilidad que te está agotando.
Frente a cada una de ellas responde con honestidad: ¿cómo cambiaría mi manera de enfrentar esto si realmente viviera consciente de que el Espíritu Santo está conmigo?
Quizás necesitas pedir dirección. Quizás necesitas obedecer algo que ya sabes. Quizás necesitas dejar de controlar. Quizás necesitas pedir ayuda. Quizás necesitas descansar. Quizás necesitas reconocer que has estado intentando construir sin incluir a Dios en el proceso.
Termina con una oración sencilla:
Espíritu Santo, no quiero conocerte solamente desde la teoría. Enséñame a reconocer tu presencia, a obedecer tu dirección y a permitir que transformes mi manera de vivir. Muéstrame las áreas donde estoy dependiendo únicamente de mis fuerzas. Recuérdame que no estoy solo y ayúdame a dejar de vivir como si lo estuviera. Amén.
“Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Abogado Defensor, quien estará con ustedes para siempre.” — Juan 14:16 (NTV)