Hay temporadas en las que avanzo mucho y pienso poco.
Trabajo, entreno, sirvo, descanso, y vuelvo a empezar. La rutina se repite con una precisión que casi da tranquilidad. Sé lo que toca cada día. Sé lo que se espera de mí. Durante mucho tiempo confundí esa sensación de control con la certeza de estar caminando en la dirección correcta.
Hace poco me detuve el tiempo suficiente para hacerme una pregunta incómoda. ¿Estoy avanzando, o simplemente estoy en movimiento?
Cuando la rutina se convierte en piloto automático
La rutina no es el problema. La necesito. Sin ella no habría constancia, ni disciplina, ni nada que se sostenga en el tiempo.
El problema aparece cuando la rutina deja de pedir permiso. Cuando ya no decido hacer algo, simplemente lo hago porque toca, porque ayer lo hice, porque así ha sido las últimas semanas. En ese punto empiezo a funcionar en piloto automático. Cumplo, pero ya no pregunto.
Lo peligroso del piloto automático no es que deje de producir resultados. Es que puede seguir produciéndolos durante años en la dirección equivocada, y yo ni me enteraría. Estaría demasiado ocupado avanzando como para revisar hacia dónde.
Ser productivo no es lo mismo que vivir con propósito
Durante un tiempo pensé que si mi agenda estaba llena, mi vida estaba bien encaminada. Si entrenaba, trabajaba, servía, estudiaba y aún me quedaba tiempo para descansar, asumía que todo estaba en orden.
Pero la productividad mide cuánto hago. No mide hacia dónde.
Puedo estar completamente ocupado construyendo algo que ni siquiera quiero terminar. Puedo estar sirviendo con excelencia una visión que dejó de ser mía hace tiempo. Puedo entrenar mi cuerpo, cuidar mi disciplina, cumplir cada tarea de la lista, y aun así estar alejándome poco a poco de la persona que digo que quiero llegar a ser.
Eso es lo que hace tan silencioso este peligro. No se siente como fracaso. Se siente como avance.
Dejar de preguntar es el verdadero riesgo
Cuando dejo de cuestionar mis decisiones, no dejo de decidir. Sigo decidiendo, solo que dejo que decida la inercia.
Es más cómodo no preguntarse por qué hago lo que hago. Preguntar exige detenerse, y detenerse siempre se siente como perder tiempo cuando llevas meses en movimiento. Pero una vida sin reflexión termina siendo una vida dirigida por las circunstancias. Reacciono a lo que llega en vez de decidir hacia dónde voy.
Las desviaciones pequeñas también cambian el destino
Nadie decide un día abandonar su propósito. Nadie se levanta y elige conscientemente alejarse de Dios, de su carácter o de lo que dice que le importa.
Lo que ocurre es más sutil. Es una oración que se acorta un poco cada día. Es un límite que se relaja solo por esta vez. Es una prioridad que se pospone hasta que deja de sentirse como prioridad. Ninguna de esas decisiones parece grave el día que se toma. El problema es lo que se acumula cuando nadie las revisa.
Un pequeño cambio de dirección al inicio del camino casi no se nota. Sostenido durante meses, termina en un lugar completamente distinto al que se pensaba llegar.
Por qué escribo este diario
Estoy construyendo varias cosas al mismo tiempo. Mi relación con Dios. Mi carácter. Mi disciplina. Mi marca personal. Lo que estoy intentando construir con CH Growth. Raíces. Mi formación. Lo que vendrá después.
Si soy honesto, el diario no existe para demostrar que tengo respuestas. Existe para obligarme a detenerme antes de seguir avanzando. Escribir cada entrada me obliga a hacerme preguntas que, si no las escribiera, probablemente evitaría.
No busco tener todo resuelto. Busco asegurarme de seguir haciendo las preguntas correctas, aunque las respuestas tarden en llegar.
Antes de seguir corriendo
No creo que la solución sea dejar de avanzar. Creo que la solución es revisar el rumbo con la misma disciplina con la que avanzo.
Por eso intento reservar espacio, no cuando me sobra tiempo, sino a propósito, para preguntarme si sigo caminando hacia quien quiero llegar a ser o simplemente estoy cumpliendo con lo que toca hoy.
Esa pausa no siempre es cómoda. A veces revela que llevo semanas invirtiendo energía en algo que ya no debería ocupar tanto espacio. Prefiero esa incomodidad ahora a descubrir dentro de diez años que avancé mucho en la dirección equivocada.
“Examinaos a vosotros mismos, si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos.” — 2 Corintios 13:5
Antes de cerrar esta entrada, me quedo con tres preguntas que intento hacerme con más frecuencia:
- ¿Por qué estoy haciendo lo que hago?
- ¿Esto me acerca a la persona que quiero llegar a ser?
- ¿Qué rutina necesito revisar antes de que se convierta en mi dirección?
No tengo todas las respuestas todavía. Pero al menos ya no avanzo sin hacerme las preguntas.