Últimamente me he dado cuenta de algo.
No siempre me cuesta escuchar a Dios porque Él haya dejado de hablar.
Muchas veces me cuesta escucharlo porque hay demasiado ruido alrededor.
Trabajo. Proyectos. Redes sociales. Notificaciones. Ideas. Preocupaciones. Planes.
Todo compitiendo por la misma atención al mismo tiempo.
Y en medio de tanto movimiento, empecé a preguntarme cuándo fue la última vez que simplemente me senté en silencio delante de Dios sin traer nada más.
Sin revisar el móvil. Sin pensar en el siguiente proyecto. Sin intentar producir algo.
Solo estar.
Lo que no esperaba encontrar
Hay algo que no esperaba encontrar en la formación en CFNI: que el silencio también es una disciplina.
El silencio de quien elige parar con cosas pendientes. Eso es lo difícil, y lo que más me tardó en entender.
Vengo de una forma de vivir donde parar se sentía a perder el tiempo. Y aunque entiendo que no es así, mi mente sigue reaccionando como si lo fuera. Abro una aplicación sin saber por qué. Reviso el correo aunque ya lo revisé hace diez minutos. Pienso en la próxima tarea antes de terminar la que tengo delante.
Como si mi mente tuviera miedo de quedarse quieta. Y en cierta forma, creo que sí lo tiene. Quietud y vacío se parecen demasiado cuando llevas tiempo en movimiento.
El problema no siempre es la dirección
Muchas veces el problema no es que no sé qué hacer.
Es que no tengo espacio para discernirlo.
Una mente saturada tiene dificultades para escuchar. Un corazón acelerado también.
Durante mucho tiempo pensé que la solución era más información. Más vídeos. Más libros. Más contenido que consumir. Y puede que parte de eso ayude en su momento, pero cada vez siento con más claridad que Dios me está enseñando algo distinto: no necesito llenar cada espacio vacío. Necesito aprender a proteger los que tengo.
Hay cosas que no llegan cuando estás en movimiento constante. No porque no existan, sino porque corriendo no puedes oír.
Parte de la construcción ocurre en el silencio. Hay trabajo que solo se hace cuando paras y escuchas.
Todavía estoy aprendiendo
Todavía me distraigo.
Todavía permito que muchas cosas ocupen más espacio del que deberían.
Pero algo estoy entendiendo poco a poco: no toda respuesta llega en medio del ruido. Algunas llegan cuando por fin aprendemos a detenernos y aguantar el silencio sin llenarlo de inmediato.
Y si soy honesto, eso es lo que más me cuesta en esta temporada. No la acción. No la disciplina de construir. Sino la disciplina de parar. De no producir. De simplemente estar quieto y confiar en que eso también es parte del proceso, no una interrupción de él.
El ruido cansa de una manera distinta. No deja marca visible, pero se acumula. Y cuando llevas demasiado tiempo sin silencio, empiezas a notar que algo falta, aunque no sepas exactamente qué.