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Entrada
N° 029
Fecha
7 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Pilar
Espíritu
Lectura
7 min
Temporada 01 — Empezar

Cuando no tengo ganas de orar

Hay días en los que quiero levantarme, abrir la Biblia y pasar tiempo con Dios. Y hay otros en los que no. Este es el sistema sencillo que estoy aprendiendo a utilizar para proteger mi devocional también en los días difíciles.

El sistema no es el objetivo. La disciplina tampoco. El objetivo sigue siendo Dios.

Hay mañanas en las que quiero levantarme, abrir la Biblia y pasar tiempo con Dios.

Y hay otras en las que no.

Estoy cansado. Tengo sueño. Mi cabeza ya está pensando en todo lo que tengo que hacer durante el día. A veces miro la hora y pienso en quedarme unos minutos más en la cama.

Otras veces me levanto, pero mi mente parece haberse despertado antes que yo y ya está repasando pendientes, responsabilidades, problemas, proyectos y conversaciones.

Y si soy completamente sincero, hay días en los que simplemente no tengo ganas de orar.

No siento ninguna emoción especial. No tengo una gran revelación. No siento que vaya a ocurrir algo extraordinario.

Simplemente estoy ahí.

Durante un tiempo pensé que esos eran malos días para tener un devocional.

Ahora estoy empezando a entender que quizá sean algunos de los días más importantes.

Porque es fácil buscar a Dios cuando tengo ganas.

La pregunta es qué hago cuando no las tengo.

Mi relación con Dios no puede depender de cómo me desperté

Las emociones cambian muchísimo. Hay días en los que despertamos motivados. Otros preocupados. Otros cansados. Otros agradecidos. Y algunos días simplemente despertamos sin ganas de hacer demasiado.

Eso forma parte de ser humanos.

El problema aparece cuando permitimos que nuestro estado emocional determine completamente nuestra vida espiritual.

Si solamente oro cuando tengo ganas de orar, mi relación con Dios termina dependiendo de mis emociones. Si solamente leo la Biblia cuando siento inspiración, habrá temporadas en las que prácticamente no la abriré.

Y no quiero construir mi relación con Dios de esa manera.

Pero tampoco quiero irme al otro extremo.

No quiero convertir mi devocional en una obligación que simplemente tengo que completar. No quiero levantarme, leer unos capítulos, orar unos minutos y pensar: “Listo. Ya cumplí.”

Porque puedo cumplir una rutina y aun así perder de vista a la Persona con la que quería encontrarme.

El sistema no es el objetivo. La disciplina tampoco. El objetivo sigue siendo Dios.

Por eso he tenido que encontrar una manera sencilla de acercarme también en esos días en los que mis emociones no acompañan. Este es el sistema que estoy aprendiendo a utilizar.

1. Me presento

Cuando no tengo ganas, intento empezar por algo extremadamente sencillo: estar.

No necesito comenzar con una oración extraordinaria. No necesito utilizar palabras especiales. Ni siquiera necesito fingir que estoy emocionado por estar ahí.

Puedo simplemente decir: “Señor, aquí estoy. Hoy no tengo muchas ganas, pero quiero estar contigo.”

Y empezar desde ahí.

Puede parecer algo pequeño, pero para mí cambia completamente el enfoque. Porque dejo de intentar fabricar una experiencia espiritual y comienzo siendo honesto.

Dios ya sabe cómo estoy. No necesito aparentar delante de Él.

Presentarme significa reconocer: “No tengo todo bajo control. No me siento especialmente espiritual esta mañana. Pero he decidido darte este momento.”

Muchas veces el primer acto de fe del día simplemente consiste en aparecer.

2. Empiezo con la Palabra, no con mis emociones

Después abro la Biblia. No necesariamente buscando “el versículo perfecto para hoy”. Simplemente continúo leyendo.

Hay días en los que leo bastante. Otros en los que avanzo mucho menos. Pero intento que mi estado emocional no determine si voy a acercarme o no a la Palabra.

Esto me parece importante porque nuestras emociones pueden cambiar rápidamente. La Palabra no.

Hay mañanas en las que comienzo a leer sin sentir absolutamente nada especial y, unas líneas después, una frase me obliga a detenerme. Otras veces termino de leer y aparentemente no ocurrió nada extraordinario.

También está bien.

No todas las mañanas tienen que producir una revelación espectacular. Estoy aprendiendo que también existe valor en permanecer. Leer. Escuchar. Continuar. Aunque ese día no tenga una historia impresionante que contar.

3. Escribo una sola cosa

Cuando estoy especialmente cansado o distraído, intento simplificar todavía más.

No necesito escribir una página completa. No necesito encontrar cinco enseñanzas.

Me hago una pregunta: ¿qué me está mostrando Dios hoy?

Y escribo una cosa.

Puede ser una frase. Una enseñanza. Una corrección. Una pregunta. Algo que necesito recordar durante el día. Incluso puede ser algo que todavía no entiendo completamente.

Lo importante no es la cantidad. Es detenerme lo suficiente para reconocer qué llamó mi atención.

He descubierto que escribir me obliga a no pasar simplemente por encima de lo que acabo de leer. Me ayuda a convertir información en reflexión. Y muchas veces esa única frase termina acompañándome durante el resto del día.

4. Oro desde lo que realmente estoy viviendo

Aquí he tenido que aprender algo importante. No necesito sonar espiritual cuando oro. Necesito ser sincero.

Si estoy cansado, puedo decirlo. Si estoy preocupado, puedo decirlo. Si estoy frustrado, puedo decirlo. Si tengo miedo, puedo decirlo. Si estoy agradecido, también. Si estoy confundido y no sé exactamente qué pedir, puedo comenzar precisamente por ahí.

A veces creemos que necesitamos llegar delante de Dios con las palabras correctas. Pero una relación real necesita honestidad.

Hay días en los que mi oración puede ser larga. Y otros en los que empieza con algo tan sencillo como: “Dios, hoy estoy cansado.” Y desde ahí comienza una conversación.

Cuando dejo de intentar fabricar una oración perfecta, la oración vuelve a convertirse en lo que debería ser: relación.

5. No persigo una emoción

Este probablemente sea uno de los puntos que más estoy aprendiendo.

Durante mucho tiempo es fácil asociar un “buen devocional” con sentir algo. Paz. Emoción. Convicción. Una respuesta. Una revelación.

Y claro que existen momentos así. Hay días preciosos en los que terminas ese tiempo sabiendo que Dios habló directamente a algo que estabas viviendo.

Pero no todos los días serán así. Y eso no significa que Dios no estuviera presente.

Estoy aprendiendo a no medir la presencia de Dios por la intensidad de lo que sentí esa mañana.

Hay días en los que termino mi devocional profundamente tocado. Y otros en los que cierro la Biblia, guardo mis notas y comienzo el día.

Ambos cuentan. Porque mi relación con Dios no puede construirse únicamente alrededor de experiencias extraordinarias. También se construye en la constancia silenciosa.

Motivación espiritual y disciplina espiritual

Aquí aparece una tensión interesante.

La motivación dice: “Hoy tengo ganas de buscar a Dios.”

La disciplina dice: “Hoy voy a buscar a Dios aunque mis emociones todavía no hayan llegado.”

Necesitamos ambas.

Pero tampoco quiero glorificar la disciplina como si el objetivo fuera convertirme en una máquina perfectamente organizada.

La disciplina espiritual tiene una función: proteger la relación durante los días en los que mis emociones fluctúan.

Es parecido a muchas relaciones importantes de nuestra vida. No demostramos amor únicamente cuando sentimos una emoción intensa. También lo demostramos estando. Escuchando. Permaneciendo. Dando tiempo. Volviendo.

Con Dios también estoy aprendiendo el valor de permanecer.

La disciplina me lleva hasta el lugar del encuentro. Pero una vez allí, el objetivo no es cumplir.

Es estar con Él.

Lo que el Salmo 42 me está enseñando

Hay algo que me gusta muchísimo del Salmo 42.

El salmista no intenta esconder cómo se siente.

“¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios!” — Salmo 42:5 (NTV)

Primero reconoce su estado. Está desanimado. Su corazón está triste. No intenta convencerse de que todo está perfecto.

Pero después hace algo importante. Decide hacia dónde va a dirigir su corazón.

“Pondré mi esperanza en Dios.”

Eso me enseña algo. Reconocer cómo me siento y dejarme gobernar por cómo me siento son dos cosas diferentes.

Puedo despertarme cansado y buscar a Dios. Puedo estar preocupado y buscar a Dios. Puedo sentirme desanimado y buscar a Dios. Puedo tener preguntas y buscar a Dios.

Incluso puedo no tener ganas de orar…

y comenzar orando precisamente desde ahí.

Mi sistema para los días difíciles

Si tuviera que reducir todo esto a algo extremadamente práctico, sería así:

  1. Me presento. Aunque no tenga ganas.
  2. Abro la Biblia. Aunque lea menos de lo habitual.
  3. Escribo una cosa. Una frase que quiera llevar conmigo.
  4. Hablo con Dios con honestidad. Sin intentar fabricar una oración perfecta.
  5. Continúo mi día. Sin juzgar mi relación con Dios por lo intenso que haya sido ese momento.

Eso es todo.

No es una fórmula. No es un método para “sentir a Dios”. No garantiza una experiencia emocional.

Simplemente es una estructura que me ayuda a proteger algo que considero demasiado importante como para dejarlo completamente en manos de mis ganas.

Hay días en los que simplemente hay que aparecer

Quizá mañana te levantes con muchas ganas de buscar a Dios.

Aprovéchalo.

Pero quizá no. Quizá suene la alarma y lo último que quieras hacer sea levantarte. Quizá estés atravesando una temporada complicada. Quizá lleves días sintiéndote espiritualmente seco. Quizá simplemente estés cansado.

No intentes fabricar primero las ganas.

Empieza apareciendo.

Siéntate. Abre la Biblia. Lee. Escribe una cosa. Habla con Dios como realmente estás.

Y deja que Él haga el resto.

Estoy descubriendo que muchas veces no necesito sentir ganas de buscar a Dios para comenzar a buscarlo. Muchas veces las ganas aparecen después de haberme presentado.

Y quizá una parte importante de crecer espiritualmente sea precisamente esa: buscar a Dios cuando siento su presencia, y seguir buscándolo cuando mis emociones guardan silencio.

Mañana, simplemente preséntate

Si mañana despiertas sin ganas de hacer tu devocional, no intentes fabricar motivación. Haz solamente esto:

  1. Preséntate. Dile a Dios honestamente cómo estás.
  2. Abre la Biblia. Lee aunque sea menos de lo habitual.
  3. Escribe una cosa. ¿Qué llamó tu atención?
  4. Ora desde donde estás. No desde donde crees que deberías estar.
  5. Continúa. No juzgues ese encuentro por lo que sentiste.

Y al terminar, pregúntate: ¿qué cambió después de haberme presentado?

Principio
No necesito sentir ganas de buscar a Dios para comenzar a buscarlo; muchas veces las ganas aparecen después de haberme presentado.