Durante mucho tiempo pensé que el objetivo era llegar.
Llegar a cierto nivel de ingresos, a cierta libertad, a la vida que imaginaba cuando era más joven.
La vida me ha ido cambiando esa idea.
Las metas son importantes. La identidad lo es mucho más.
Porque el dinero puede llegar, las oportunidades pueden aparecer, los proyectos pueden crecer. Pero si no me convierto en la persona capaz de sostener todo eso, tarde o temprano lo perderé.
Por eso cada vez pienso menos en dónde quiero estar y más en quién necesito convertirme.
Hoy sigo construyendo. Sigo aprendiendo, estudiando, desarrollando nuevas habilidades, trabajando mientras preparo el terreno para algo mayor.
Y aunque muchas veces el progreso parece lento, sé que hay una transformación que no siempre se ve desde fuera. La disciplina se está fortaleciendo. La paciencia crece. La visión se va aclarando. Mi confianza en Dios también.
Hay días donde todo parece avanzar. Otros donde siento que apenas me estoy moviendo.
Pero he descubierto que el crecimiento real no ocurre solamente cuando los resultados aparecen. También ocurre cuando decido permanecer, cuando sigo adelante sin tener todas las respuestas, cuando trabajo aunque no tenga ganas, cuando doy un paso más sin ver todavía toda la escalera.
No sé exactamente cómo será el futuro. No sé qué proyectos funcionarán y cuáles quedarán en el camino.
Pero sí sé algo. Cada día que invierto en convertirme en un mejor hombre, un mejor líder y un mejor seguidor de Jesús nunca es un día perdido.
Por ahora, eso es suficiente.