Una noche llegué a casa después del trabajo.
Abrí el ordenador. Como casi todos los días.
Tenía una lista enorme de cosas que quería construir. Una nueva entrada para el diario. Avanzar en Raíces. Mejorar mi web. Seguir desarrollando Nexo. Responder algunos mensajes. Estudiar. Leer un poco. Entrenar.
Mientras miraba la lista sentí una mezcla extraña.
No era ilusión.
Era presión.
Porque por un momento dejé de mirar todo lo que ya había construido…
y empecé a pensar únicamente en todo lo que todavía faltaba.
Vivimos comparándonos con el resultado
Hoy es fácil sentir esa presión. Vivimos rodeados de personas que solo muestran la parte final.
Negocios que facturan millones. Marcas personales enormes. Cuerpos transformados. Ministerios creciendo. Desarrolladores lanzando productos. Emprendedores viajando.
Pero casi nunca vemos los diez años anteriores.
No vemos las noches como la mía, con la lista enorme y la sensación de no llegar. No vemos los intentos que no funcionaron. No vemos cuánto tiempo pasó entre la idea y el primer resultado visible.
Y sin darnos cuenta, empezamos a medir nuestro proceso comparándolo con el resultado de otro.
Cuando termine esto, seré feliz
Me di cuenta de que estaba empezando a vivir cada día pensando únicamente en el siguiente objetivo.
Cuando terminara un proyecto…
sería feliz.
Cuando dejara mi trabajo…
sería feliz.
Cuando mi marca creciera…
sería feliz.
Cuando pudiera dedicarme solo a mis proyectos…
sería feliz.
Pero el problema es que la línea de meta siempre cambiaba.
Nunca era suficiente.
Frutos sin raíces
Siempre me ha llamado la atención que Dios utiliza muchas veces árboles para hablar del crecimiento.
Un árbol nunca tiene prisa. Las raíces crecen durante mucho tiempo antes de que aparezcan los frutos. Y nadie se enfada porque un roble tarde décadas en alcanzar toda su fuerza.
Sin embargo, nosotros queremos construir una vida en meses.
Queremos frutos sin raíces. Resultados sin procesos. Influencia sin carácter.
Y eso casi nunca termina bien.
El Salmo 1 compara al justo con un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da fruto a su tiempo. No antes. A su tiempo.
Lo que estoy entendiendo
Hoy sigo trabajando. Sigo escribiendo. Sigo estudiando. Sigo entrenando. Sigo sirviendo. Sigo construyendo.
Y muchas veces desearía avanzar más rápido.
Pero estoy empezando a entender que Dios parece estar mucho más interesado en formar al hombre que sostendrá la visión que en entregarme la visión demasiado pronto.
La velocidad puede llevarte antes al destino, pero solo el carácter te permitirá permanecer cuando llegues.
Algunas preguntas
¿Y si el proceso no es el obstáculo?
¿Y si el proceso es precisamente la preparación que necesitas?
¿Y si Dios todavía no ha abierto esa puerta porque primero quiere fortalecer las columnas que la sostendrán?
Un ejercicio para esta semana
Toma un papel y escribe dos listas.
La primera: todo aquello a lo que estás intentando llegar rápido.
La segunda: todo lo que, mientras esperas, Dios ya está formando en ti. Carácter. Paciencia. Disciplina. Dependencia de Él. Algo que solo se construye en la espera.
Después compara ambas listas.
Puede que la segunda te sorprenda.
“Así que dejen que crezca su constancia, porque cuando su constancia se desarrolle plenamente, serán perfectos y completos, sin que les falte nada.” — Santiago 1:4 (NTV)