Durante mucho tiempo he pensado, consciente o inconscientemente, que la paz estaba al otro lado de algún problema.
Cuando termine esto, estaré tranquilo.
Cuando tenga más estabilidad, estaré tranquilo.
Cuando el proyecto funcione, estaré tranquilo.
Cuando tenga claro qué hacer, estaré tranquilo.
Cuando consiga lo que estoy buscando, entonces podré respirar.
Pero hay algo que estoy aprendiendo: si necesito tener todo resuelto para estar en paz, probablemente nunca voy a estar en paz.
Porque la vida no funciona así.
Resuelves una cosa y aparece otra. Alcanzas una meta y descubres la siguiente. Cierras una etapa y comienza otra. Obtienes una respuesta y aparecen nuevas preguntas.
Y quizás el problema nunca fue que tuviéramos demasiadas cosas por resolver.
Quizás el problema era creer que necesitábamos resolverlas todas para poder estar bien.
Siempre habrá algo pendiente
Tengo sueños. Tengo proyectos. Tengo responsabilidades.
Hay cosas que quiero construir, otras que quiero mejorar y algunas que todavía no sé exactamente cómo van a terminar.
Y durante mucho tiempo mi reacción natural ha sido intentar poner cada pieza en su sitio.
Planificar. Pensar. Anticiparme. Buscar soluciones.
Y no creo que haya nada malo en eso. De hecho, creo profundamente en la responsabilidad, la disciplina y en hacer nuestra parte.
Pero existe una línea muy fina entre ser responsable con lo que puedo controlar y querer controlar lo que nunca me correspondió controlar.
Ahí es donde muchas veces perdemos la paz.
No porque algo malo esté ocurriendo necesariamente, sino porque nuestra mente está intentando resolver hoy problemas que quizá ni siquiera existen todavía.
Pensamos en lo que podría pasar. En lo que falta. En lo que no sabemos. En aquello que todavía no llega.
Y mientras nuestra cabeza está viviendo en mañana, dejamos de habitar el día que Dios nos dio hoy.
La mentira del “cuando”
Hay una frase peligrosa que puede instalarse silenciosamente en nuestra vida.
“Cuando pase esto, entonces estaré bien.”
Cuando gane más. Cuando cambie de trabajo. Cuando tenga pareja. Cuando termine mis estudios. Cuando mi negocio crezca. Cuando salga de esta situación. Cuando tenga la respuesta.
El problema es que el “cuando” siempre puede moverse.
Llegas a aquello que tanto esperabas y, después de unos días, aparece una nueva preocupación.
Por eso estoy entendiendo que la paz no puede ser el premio que me doy cuando finalmente consigo controlar mi vida.
Tiene que convertirse en la manera en la que camino mientras la estoy construyendo.
Porque yo quiero seguir creciendo. Quiero seguir soñando. Quiero construir cosas grandes. Quiero avanzar.
Pero no quiero llegar a mis objetivos habiendo perdido mi capacidad de disfrutar el camino.
No quiero construir una vida que algún día me dé paz.
Quiero aprender a construir desde la paz.
Hacer mi parte y soltar el resto
Esta idea está cambiando mi manera de ver muchas situaciones.
Hay cosas que dependen de mí.
Puedo levantarme. Puedo trabajar. Puedo estudiar. Puedo entrenar. Puedo cuidar mis hábitos. Puedo organizar mis finanzas. Puedo desarrollar mis proyectos. Puedo pedir perdón. Puedo tener conversaciones difíciles. Puedo tomar decisiones. Puedo orar. Puedo actuar.
Pero después existe otra parte que no controlo.
No controlo cómo responderán los demás. No controlo cuándo aparecerá determinada oportunidad. No controlo todos los resultados. No controlo el futuro. No controlo los tiempos de Dios.
Y querer cargar también con esa parte solamente produce agotamiento.
Estoy aprendiendo que hay un momento en el que debo decir:
He hecho lo que me corresponde. Ahora tengo que confiar.
No es conformismo.
No es pasividad.
No significa sentarse y esperar que Dios haga aquello que nosotros deberíamos estar haciendo.
Significa trabajar con responsabilidad sin convertirnos en esclavos del resultado.
Una paz que no tiene sentido
Hay un pasaje que cada vez entiendo de una manera diferente.
“No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender.” — Filipenses 4:6-7 (NTV)
Me llama la atención algo.
El texto no dice que primero Dios resolverá absolutamente todos nuestros problemas y después tendremos paz.
Habla de una paz que aparece en medio del proceso.
Una paz que incluso puede superar nuestra capacidad de entenderla.
Y eso cambia todo.
Porque significa que puedo tener preguntas y tener paz. Puedo estar esperando y tener paz. Puedo estar construyendo y tener paz. Puedo no saber exactamente cómo terminará algo y seguir teniendo paz.
No porque ignore la realidad.
Sino porque entiendo que mi seguridad no puede depender únicamente de mi capacidad para controlar lo que sucede.
Hoy todavía tengo cosas sin resolver
Y probablemente tú también.
Quizás estás esperando una respuesta. Quizás estás intentando tomar una decisión. Quizás estás construyendo algo que todavía no produce los resultados que esperabas. Quizás existe una conversación pendiente. Quizás estás atravesando una etapa en la que simplemente no sabes qué viene después.
No voy a decirte que ignores eso.
Haz lo que tengas que hacer. Organízate. Busca consejo. Trabaja. Toma decisiones. Corrige lo que tengas que corregir.
Pero después de hacer tu parte, aprende también a descansar.
Porque algunas respuestas necesitan trabajo.
Otras necesitan tiempo.
Y otras simplemente necesitan confianza.
Una pregunta que estoy intentando hacerme
Cuando algo empieza a quitarme la paz, intento detenerme y preguntarme:
¿Hay algo que realmente pueda hacer con esto hoy?
Si la respuesta es sí, tengo una responsabilidad.
Hacerlo.
Pero si la respuesta es no, seguir pensando durante cinco horas más probablemente tampoco solucionará nada.
Ahí comienza otro tipo de disciplina: soltar.
Orar. Confiar. Volver al presente. Y continuar caminando.
No siempre lo hago bien.
Todavía hay momentos en los que quiero tener todas las respuestas. Todavía pienso demasiado algunas cosas. Todavía quiero saber cómo terminarán situaciones que apenas están comenzando.
Pero estoy aprendiendo.
Y quizás de eso también se trata la paz.
No de llegar a un punto donde nada vuelva a preocuparte, sino de aprender cada vez más rápido dónde llevar aquello que te preocupa.
Hoy no necesito saberlo todo
No sé cómo se resolverá cada cosa que estoy construyendo.
No sé exactamente qué aspecto tendrá mi vida dentro de unos años.
No tengo todas las respuestas.
Y está bien.
Hoy solamente necesito tener suficiente claridad para dar el siguiente paso.
Hacer bien lo que tengo delante.
Ser fiel con lo que está en mis manos.
Y confiarle a Dios aquello que todavía no puedo ver.
Porque quizá nunca llegue ese día en el que absolutamente todo esté resuelto.
Pero sí puedo aprender algo mucho más importante:
a tener paz incluso mientras algunas cosas siguen sin resolver.
Para pensar
¿Qué situación estás intentando resolver mentalmente una y otra vez aunque hoy no puedas hacer nada más al respecto?
Tal vez hoy no necesitas otra respuesta.
Tal vez necesitas hacer tu parte, entregarle a Dios lo que queda y seguir caminando.
No necesitas tener todo resuelto para estar en paz.